17 de abril de 2015: Homenaje a los héroes catalanes de la guerra de la Independencia (1808-1814)
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Análisis del proceso desamortizador español del siglo XXI, que enajena cuantos bienes comunales encuentra a su paso, que conduce a la defunción de la cosa pública, que desvía ingentes cantidades de las partidas presupuestarias hacia las arcas privadas de amigos y familiares de los miembros de una militantocracia política acostumbrada a las mordidas, a las comisiones y a las regalías, que hace de la corrupción su modus vivendi y que no tiene reparo moral alguno en corromper y en ser corrompida.
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| Ramón Hernández Oter, doctor en Medicina, antropólogo e historiador, nació en Zaragoza el 22 de abril de 1940 y murió en Tarragona el 18 de agosto de 2012. |
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El término Pueblo deriva del latín populus y puede remitir, en un sentido de sociedad, a un conjunto de habitantes de una nación (o a una parte de ella, de una región o un país). Como acepción de ruralidad considera una entidad de población de menor tamaño que una villa o ciudad, dedicada principalmente a tareas agrícolas. Nosotros, lo entendemos en el sentido de pueblo llano, de clases populares, que en cada época ha sido conocido por diversos nombres. El común era el pueblo llano. Y el Carlismo siempre ha hablado del común, siempre ha opuesto el concepto de Pueblo al de masas, conjunto de individuos, etc.
Sin duda, algunos se rasgan las vestiduras cuando nos definimos como pueblo carlista, para éstos resulta complejo y polémico que nos definamos así. Pero, es evidente que el pueblo carlista posee unas características que lo identifican y lo diferencian del resto de habitantes del Estado en el que se encuentra englobado. Esta conciencia de pertenencia al Pueblo Carlista, deseoso de preservar la paz y la seguridad, favorece la protección de los derechos humanos de sus miembros ante los ataques sufridos por el aparato del Estado o de quienes, a lo largo de los últimos tres siglos, se han declarado sus enemigos, decretando su persecución o su discriminación extrema y sistemática, sin que parezca existir una solución factible para que desaparezca esta actitud represiva.
Ante este término polémico y que no ofrece un único significado, es común en la doctrina internacionalista y en el criterio de determinados organismos de Naciones Unidas elaborar sus definiciones mediante la conjunción de un elemento objetivo y otro subjetivo.
El elemento objetivo de esta definición lo constituye el conjunto de características que como grupo reúne, en su totalidad o en parte, y que establecen un vínculo entre sus miembros, que es muy superior a la simple asociación de individuos dentro de un estado. Entre otras características objetivas, el pueblo carlista presenta la existencia de una tradición histórica común, de identidad, de homogeneidad cultural, de respeto a las variantes lingüísticas de cada uno de los pueblos de las España, afinidad religiosa e ideológica, conexión geográfica o territorial, vida económica común e importancia cuantitativa.
El elemento subjetivo guarda correspondencia con la conciencia de ser un pueblo y, también, con la voluntad de que se le identifique como tal. A estos efectos, el pueblo carlista está dotado de instituciones y otros medios para expresar sus características comunes y su deseo de mantener su manifiesta identidad.
El Pueblo Carlista es una realidad incontestable en el conjunto del Carlismo. Unas personas con conciencia de ser un Pueblo, que tiene una personalidad muy acusada y una visión particular de la vida cotidiana y que, sobre todo, no está para mimetismos con otros fenómenos políticos, sean éstos del tipo que sean. El Pueblo Carlista no entiende los bandazos en política, y cuando al carlista no le queda algo claro se retira a su casa para que nadie le pueda utilizar, y vuelve a la palestra cuando la libertad de sus Pueblos,
Los intelectuales liberales, los políticos profesionales al servicio permanente del sistema, en su obsesión por el poder podrán elucubrar cuanto que deseen, y vivir así del cuento unas temporadas más a costa de denigrar el carlismo, pero nunca entenderán a un Pueblo como el carlista, que siempre ha sido antidictatorial, que fue antifranquista cuando tuvo que serlo, que se ha mostrado históricamente antiuniformista, y que, también, ha sido capaz de levantarse contra toda tiranía y mandarinato cuantas veces ha sido necesario. Por eso –como nos indicaba Ramón Hernández- la permanencia del fenómeno carlista les resulta algo inconcebible después de casi dos siglos sin haber tomado el mínimo poder.
Publicado en el libro La lucha silenciada del carlismo catalán, bajo el epígrafe de Una presencia permanente. VI.- El Pueblo carlista, la realidad plural del carlismo (Biblioteca Popular Carlista, núm. 17 , Ediciones Arcos, Sevilla 2007)
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Toda organización necesita puntos de referencia y, es evidente que para el Pueblo Carlista la dinastía carlista, la legítima, cumple esa función de conexión. En el transcurso de nuestra historia, la importancia del factor dinástico es indudable y éste se ha de entender como presencia aglutinante, como un elemento positivo de arbitraje, garantía y defensa en la construcción y continuidad del movimiento carlista.
El Pueblo Carlista ha permanecido atento y vigilante para que el orden sucesorio se diera dentro de la legitimidad de ejercicio, porque era el “derecho” por él constituido que hacía invulnerables sus esencias de libertad. Frente a los exegetas de la dinastía usurpadora liberal que imponían en el normal mecanismo sucesorio doctrinas sobre exclusiones por la sangre, el pueblo carlista clamaba por el ejercicio del derecho consuetudinario, que anteponía la legitimidad de ejercicio que condicionaba ese derecho de automatismo de la sangre. De este “derecho popular” nacía el pacto, que constituía la fuente política del ejercicio democrático. Con este pacto y esta doctrina sucesoria o legitimista, los reyes carlistas se erigían en defensores de las libertades populares y se hacía posible esa simbiosis pueblo-dinastía capaz de afrontar los embates del liberalismo y del integrismo. En el Carlismo la legitimidad dinástica radica en el Pacto Pueblo-Dinastía, que se fundamenta sobre el consentimiento libre del pueblo carlista que ejerce su derecho de libre determinación, que tiene carácter universal y cuya inalienabilidad implica que no puede producirse, ni jurídicamente ni por la vía de los hechos, elección alguna que sea irreversible.
En diciembre de 1967, en Lisboa, Don Javier reunía el Capítulo de
En Portugal, el 3 de octubre de 1976, Don Carlos Hugo había dejado clara la postura sobre la monarquía. “No hay problema dinástico. Solamente lo habría si dos dinastías compitieran por el mismo trono. Mis metas, las de mi familia no son las de ocupar la jefatura de un Estado, a nuestro juicio autoritario, no democrático e históricamente superado. Nuestras metas son realizar una sociedad nueva, socialista y pluralista. En cuanto a
A su regreso del exilio, don Carlos Hugo de Borbón-Parma declaraba: “No vengo a plantear ningún pleito dinástico, pero tampoco me propongo renunciar a ninguno de los derechos y deberes que me corresponden”. Los carlistas no planteamos un litigio dinástico, sino un pleito político, un proceso esencial de estructuración de abajo arriba de la sociedad y del Estado, que considera siempre que la sociedad y sus cuerpos intermedios son anteriores a la existencia de éste. Un Estado que no es un fin en sí mismo, sino un fin para algo, un algo que es el elemento humano, el garantizar y proteger los intereses de una población, que es la única causa que puede justificar su propia existencia.
El 13 de octubre del 2000, en Trieste, en el II Capítulo General de
“La primera es que el Carlismo representa algo único en
Muestra de ese Pacto es aquí, en
En el momento actual en el que tanto se habla de mundialización, nosotros venimos a ofrecer una solución. Hoy en día el mundo entero está representado en las Naciones Unidas por más de ciento ochenta países, de los cuales las tres cuartas partes son países pobres. La mundialización, la construcción de una unidad mundial es absolutamente necesaria para el desarrollo de todos los pueblos. Pero mientras comprobamos esta necesidad, vemos también sus peligros: que se haga una mundialización a favor de los ricos y no se cuente con los pobres.
Y es la segunda cosa que os quería decir: para evitar la marginación de los más pobres el Carlismo rechaza un sistema mundial que no esté enfocado hacia el bien general y hace un llamamiento a todos los pueblos para que participen en una gran federación que sirva a la protección de la personalidad individual de cada uno como a la personalidad colectiva de todos los miembros de estos mismos pueblos.
Los pueblos de España no responden a una mediación aritmética, jurídica o cuantitativa; son unos pueblos que, con su bagaje histórico, constituyen la identidad de los hombres y de las mujeres que conviven en esas naciones y han formado y forman hoy en día España. Han hecho España. En esa misma línea de libertad de cada pueblo es la razón de estar acogidos y formar parte de la comunidad mundial con el respeto que se debe a cada uno y que proporcione a cada uno la posibilidad de ser dueño de su libertad y de participar de la responsabilidad mundial.
Esto es lo que queremos aportar y, también, lo que quería deciros en este momento en el que nos reunimos aquí para celebrar este acto. No preocuparos de lo que ha pasado, sino de lo que va a ocurrir. He estado muchos años en una universidad y he visto como la sociedad moderna ha comprendido que no puede seguir viviendo lamentándose de la situación actual sino pensando en lo que realmente se puede hacer y cuales son las metas.”
Al concluir este parlamento y tras serle impuesta
El papel de árbitro de la situación es una función esencial que el carlismo ha reservado a la dinastía a lo largo de estos siglos, una posición de árbitro que ha de ser entendida por todas las partes. En algunas reuniones determinadas personas expresaban a don Carlos Hugo que mantuviera este papel, que no se decantará hacia ningún sector concreto, y que la posibilidad de acceder hasta él fuera independiente de la postura que adoptase cada uno y de las resoluciones que el partido pudiera tomar sobre personas y casos concretos. Sin duda, el pronunciamiento del Rey legítimo a favor de una tendencia, acabaría por alejar otros sectores. Algunos no entendieron este asunto correctamente y otros muchos, honradamente, no pudieron asumir un radicalismo que en ciertos momentos fue absolutamente pueril. Una época en que, como todos los partidos, el carlista padeció de un cierto mimetismo. Desde la perspectiva actual, pienso que determinadas actuaciones correspondían a la función de un secretario general del Partido y que él hubiera tenido que mantenerse más al margen de la disputas de cada día. La influencia que pudieron ejercer personas como el entonces secretario general del Partido, Pepe Zavala, pudo alejar a los defensores de otros criterios de táctica política.
Entiendo que el pensamiento político de don Carlos Hugo y su familia no difiere esencialmente de la línea política e ideológica que nosotros podamos elaborar en nuestros Congresos y Asambleas.
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12/19/2008 08:26:00 p. m.
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